Prólogo
El 18 de octubre de 2024 fue el día en que nos subimos por primera vez a nuestro motorhome. El mismo que de ahí en adelante, se convertiría en nuestro hogar y nos permitiría dar inicio al nuevo estilo de vida que habíamos elegido como familia.
Cuando uno sueña durante tanto tiempo con algo y finalmente llega, por momentos se siente irreal, como si estuviera flotando. O por lo menos así me sentía ese día. Eso que tantas veces habíamos construido en nuestras mentes y lo habíamos sentido hasta en los huesos comenzaba a reflejarse en la realidad. Estábamos siendo testigos de cómo lo intangible se volvía tangible.
A partir de ese día dejábamos atrás nuestra vida convencional para empezar a construir una completamente nueva: vivir viajando en familia. Terminaba un proceso, pero comenzaba otro. Las dos cosas ocurrían al mismo tiempo. Se sentía como cuando las serpientes cambian de piel. Como si cada capa se fuera desprendiendo de mí, y de cada uno de nosotros, y comenzábamos a habitar una piel completamente desconocida. Como cuando te probás un jean por primera vez, y necesitás un poco de esfuerzo para que entre; después de algunos usos, ya se adapta a tu cuerpo. Así se siente habitar una nueva vida.
El corazón latía fuerte. El cuerpo parecía extasiado. ¿Hasta dónde habíamos llegado? ¿Cómo habíamos logrado construir algo que en algún momento había sido apenas una idea escrita en un papel?
Pero toda elección importante conlleva una despedida o un aprender a soltar. La nuestra era dejar atrás a nuestra familia y la ciudad que nos vio crecer. Ya conocíamos esa sensación: hace algunos años con Martín habíamos elegido vivir en una ciudad distinta de aquella en la que habíamos nacido. Pero esta vez era diferente. Era la primera vez que nos íbamos sin fecha de regreso y con nuestros dos hijos.
El motorhome estaba estacionado en la casa de mis padres, la misma casa en la que había transcurrido toda mi infancia y adolescencia. Acomodamos los últimos detalles, nos aseguramos de que nada quedara suelto y corriera riesgo de romperse en el movimiento del viaje. Sacamos una foto. Nos saludamos y nos abrazamos con la convicción de volvernos a ver pronto, aunque sin saber en qué rincón del mundo se daría ese encuentro. Estaban mi mamá, mi papá, mi hermano y la mamá de Martín.
Con las emociones revueltas, arrancamos el motor. Pero para cortar todo ese aire dramático, cuando intenté cerrar la ventana, uno de los dedos de África estaba apoyado en ese mismo lugar. Lo apreté y lo lastimé. Sangre. No habíamos avanzado y ya teníamos que frenar.
Fue como si el destino me estuviera dando permiso para llorar y gritar a mares esa mezcla de emociones que llevaba dentro, materializada en dolor y culpa por no haber visto su dedo.
Limpiamos la herida y pusimos una curita, las emociones se fueron aflojando y acomodándose. Era como si esa curita, que ahora le daba una vuelta completa al pequeño dedo de África, reflejara lo que pasaba en nuestros corazones. Sentíamos la mezcla inevitable de dejar un lugar con las personas que amamos, incluso cuando irnos era una elección feliz. Arrancamos otra vez y el camión siguió el camino que Martín, al mando del volante, le marcó.
Si cierro los ojos y vuelvo a ese momento, lo recuerdo, y lo recordaré siempre, como uno de los instantes más felices de mi vida. Esa pequeña niña que todavía conservo en algún rincón, la que durante tantos años se repitió «quiero viajar por el mundo», a sus treinta y tantos años estaba viendo cómo eso que había anhelado desde tiempos inmemorables empezaba, por fin, a hacerse realidad.
El aire estaba lleno de una mezcla de felicidad, emoción, miedos, incertidumbre, ansiedad y una suave melancolía por dejar atrás una ciudad que había sido parte de nuestra historia. Sin embargo, ya hacía tiempo que no la sentíamos como nuestro lugar. Las lágrimas afloraron sin esfuerzo.
—¡Qué locura! —repetimos no sé cuántas veces, mirándonos sin poder creerlo.
—¿Qué sentís? —me preguntó Martín.
Todavía no encontraba las palabras justas para darle una respuesta.
Avanzamos unas pocas cuadras y estacionamos. Nos debíamos el último helado que íbamos a tomar en la ciudad. Nuestros hijos, verdaderos fanáticos del helado, pidieron ese último deseo y lo quisimos conceder. Por una simple coincidencia, pudimos compartirlo con la mamá de Martín. Habíamos estacionado en una de las calles perpendiculares a una de las avenidas más lindas y transitadas de la ciudad. Y ahí, sentados en la mesa de nuestro nuevo hogar, disfrutamos del kilo de helado.
Faltaba una última parada en una ferretería. Necesitábamos unos «traka traka»; así llamamos a esas cintas anchas, generalmente de color naranja, que se usan para sujetar lo que se transporta. Hacía calor. Martín demoró bastante y nosotros tres nos cocinamos un rato al sol. Cuando la espera ya se estaba volviendo casi insoportable, por fin salió y continuamos viaje.
Así fue que comenzamos a viajar por nuestro país, con el sur de Argentina como primer destino. Salimos desde Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, con un solo plan: viajar por el mundo. El primer hito era recorrer América de punta a punta para conectar Argentina con Alaska. Teníamos algunas ideas, algunas rutas imaginadas, pero, a decir verdad, no sabíamos bien cómo ese sueño iba a concretarse.
Creíamos ingenuamente que no habría más paradas hasta el destino final de esa jornada. Pero ese primer día aprendimos algo que se volvería una constante: nada de lo que planeáramos iba a suceder exactamente como lo imaginábamos, la vida siempre tendría planes mejores que los nuestros.
Doscientos kilómetros después, comenzaba a caer la tarde. Íbamos conversando, el entusiasmo llenaba el aire. Ninguno de los cuatro sabía a dónde nos llevaría esta decisión. Todo lo que viviríamos a partir de ahí sería impredecible. Y eso se sentía en la panza, como se siente cualquier decisión que sabés que va a cambiarte la vida.
Martín decidió frenar para calentar el agua y preparar unos mates. Eligió un pedacito de banquina para estacionar, frenó y bajó. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que una manguera del combustible se había salido y estaba perdiendo gasoil.
Yo había descendido un poco más rápido de la cabina y me encontraba en la parte de atrás, a punto de prender el fuego para calentar el agua que había cargado en la olla (aún no teníamos una pava).
En cuanto me dijo lo que estaba pasando, sentí que mi sueño podía explotar por los aires. Literalmente. A solo doscientos kilómetros de haber empezado. El motorhome estaba lleno de gasoil.
¿Una chispita y explotamos? Fue lo primero que me pregunté. Entonces aprendí que el gasoil explota con calor y la nafta con una pequeña chispa.
Confieso que en cuestión de segundos por mi cabeza pasaron miles de imágenes como una película acelerada: cada momento que me había llevado hasta ahí, todo lo que habíamos atravesado para lograrlo. El esfuerzo físico, mental y, sobre todo, la capacidad de sobreponernos a los obstáculos y a las miradas de quienes no entendían nuestra decisión. Habíamos sido fieles a ese llamado que sentíamos dentro. Estábamos seguros de la decisión tomada, aunque muchas preguntas todavía no tuvieran respuesta. No tenía sentido que todo terminara ahí, a tan solo doscientos kilómetros del comienzo.
¿Y ahora? ¿Qué hacíamos?
Quedaba poco tiempo para que cayera la noche y toda la ilusión con la que habíamos arrancado parecía desvanecerse en medio de ese pastizal infinito que teníamos frente a nosotros.
Mientras Martín se comunicaba con mecánicos y amigos viajeros para encontrar la solución, vi a lo lejos una camioneta que atravesaba el campo y se acercaba en dirección a nosotros.
Era nuestro primer día de viaje. Todavía no habíamos integrado muchas de las lecciones que aprenderíamos después. Estábamos solos, en el medio de la nada, y una camioneta avanzaba a paso firme hacia nuestra casa.